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jueves, septiembre 16, 2021

Murió la cantante Raffaella Carrá, la reina italiana que llegó a escandalizar al Vaticano

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“Tengo que confirmar con mucho dolor que es así, estoy devastado”. La noticia con un nudo atravesado llega a Clarín en la voz del cantante italiano Franco Simone: Raffaella Carrá, la reina italiana que en los ’70 y ’80 se volvió parte del paisaje argentino al son de “03-03-456”, la amiga de Diego Maradona, la mujer que huyó de Hollywood “para no caer en la maldita cocaína” y dejó como slogan sudamericano “para hacer bien el amor hay que venir al sur” murió a los 78 años.

Italia está en shock. Adiós a la diva que de los cabellos dorados, los incisivos separados, el corte carré, la del idilio con Latinoamérica, la devenida en “icono del orgullo gay” que se jactaba de ser de algún modo “rockera sin título”, no por su música, y si por su “modo de vida rupturista”.

Nació el mismo año que Mick Jagger, George Harrison y Roger Waters (1943). Su lápida podrá decir eso mismo que alguna vez pregonó: “Aquí yace la mujer que hizo bandera de la libertad del cuerpo, la que disfrutó de la liberación sexual feminista en tiempos en que sus arqueos de cuerpo eran denunciados”.

Hubo un lapso en que se la acusó de “naif y kitsch”, pero la muerte, que todo lo mejora, deja otras impresiones. Estatua de la libertad boloñesa, sus seguidores le atribuyen el hito de la provocación al clero mucho antes de Madonna. Se atrevió a enseñar el ombligo en pantalla (hoy casi un chiste), “revolución” que generó una pequeña crisis entre la RAI y el Vaticano. Tuca Tuca era la coreografía que escandalizaba a los sacerdotes, pero Raffaella salió triunfante de esa insólita batalla. Llegaron a bautizarla “madre del porno-pop”.

La Argentina la recordará, entre tantas otras huellas, por haber sido la musa de Susana Giménez. El ciclo Hola Susana era el homónimo de Pronto, Raffaella. “Cuando Ovidio García pidió permiso, le dije, ‘¿pero quién lo va a hacer? ¿Susana? ¡Perfecto!’. Y ella lo hizo maravillosamente bien”, despejó con dulzura cualquier tipo de rivalidad mediática.

La agencia de noticias ANSA cita a Sergio Japino, quien fue su compañero durante décadas. “Raffaella nos ha dejado. Se ha ido a un mundo mejor, donde su humanidad, su inconfundible risa y su extraordinario talento brillarán para siempre”. Su entorno no dio más detalles que “una enfermedad atacó ese cuerpo suyo tan diminuto pero tan lleno de energía desbordante”.

En el último tiempo, inmersa en ese paisaje apocalíptico de la pandemia, su postura era el silencio. Su último tuit había sido el día de su cumpleaños (el último), el 18 de junio: “¡Gracias a todos! Me han colmado de buenos deseos, su cariño me conmueve, los abrazo y les deseo un verano con vuelta a la normalidad”. Un mes antes la había atravesado el dolor de la partida de un amigo, el cantautor italiano Franco Battiato.

Su relación con la televisión italiana se mantenía, pero con ciertos reparos: había anunciado su retiro “mentiroso” a los 73 años, pero decidió el regreso con cierta sensación de “extranjera” en una industria que hace culto de la juventud y descarta a la tercera edad. Ese mismo mecanismo la había ponderado en sus treinta y tantos. “Hoy en día es raro encontrar personas que te cuiden. Se usa a alguien porque es hermoso y tiene 20 años, pero dentro de tres años será reemplazado por otro. Es un juego cruel”.

Historia de un trono

Nacida como Raffaella Maria Roberta Pelloni, a los 9 años debutó en el cine. Formada en el Colegio Español de Bologna, “una institución sofisticada, comandada por estrictas monjas”, su primer sueño era ser coreógrafa, pero la oportunidad de lo actoral se presentó demasiado pronto.

La familia había viajado a Roma, el destino los cruzó con el director Mario Bonnard, quien buscaba a una niña de su edad para el filme Tormento del passato, y Raffa comenzó así su romance con la industria. Con la mayoría de edad se inscribió en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Al final de la cursada, Florestano Vancini la eligió para La larga noche del ’43, una historia con guión de Pier Paolo Pasolini en la que tuvo un rol pequeño pero que le sirvió para mostrar su dramatismo.

Su película más destacada fue, tal vez, I compagni, 11 años después, dirigida por Mario Monicelli, junto a Marcello Mastroianni. Las puertas de Hollywood se abrieron con ciertas reglas, pero la italiana no estuvo dispuesta a seguirlas. En 1966 participó en los Estados Unidos de la serie I Spy, con Bill Cosby, el actor hoy preso por violación. En cine protagonizó El Coronel Von Ryan, con Frank Sinatra.

“¿Por qué no quedarme en la meca? “Cuando terminaban de rodar, todos iban a alcoholizarse o a tomar cocaína. Esa vida no me gustaba. Mis padres estaban separados. Mi padre no quería que yo incursionara en esto porque creía que estaba lleno de gente rara, que podías perderte enseguida. No estaba tan equivocado”.

La última vez que pisó la Argentina fue en 2005, para visitar a Diego Maradona en La noche del 10 (El Trece). En aquel aterrizaje se prestó a un especial del canal, conducido por Jorge Guinzburg, bailó como si no hubiera pasado los 60 y gambeteó la pregunta del millón: “¿Un viejo romance con Diego? Él era un seductor empedernido”